Estos somos nosotros, Yaima y Carlos, ya bañados y comidos tras una azarosa travesía Habana-Santa Clara. Menos de 24 horas antes estábamos congelándonos en la terminal de La Coubre, sacrosanto templo del transporte interprovincial en Cuba. La rada habanera es fría de madrugada, pero no jode tanto como la incertidumbre de la lista de espera, donde una pregunta acosa a todos, salvo, quizás, los buscavidas que medran en la estación... ¿cuándo recoño escaparemos de este depósito de viajeros potenciales? Al final, nos gastamos un carajal de pesos en taxis y meriendas, pero tuvimos que regresar "derrotados" a la distante y proletaria Víbora, rendíos de sueño y hambre, digiriendo yo mi primer buche de cotidianeidad tras medio año trabajando como corresponsal en Bolivia: allá extrañaba todo, aquí todo resultaba extraño. El transporte, tanto urbano como nacional, es nuestro diario dolor de nalgas. Los negocios con China trajeron una hemorragia de ómnibus Yutong, aunque los asiáticos exigieron el arreglo sine qua non de carreteras y avenidas, así que supuestamente matamos dos pájaros de un tiro. De hecho, hace apenas dos días dejó de circular el M-6, último ejemplar de la especie más recurrente y agobiante de las calles capitalinas: el "Camello". Durante 13 años rodó por las vías de La Habana, con su carga (des)humana, como alternativa a la falta de ómnibus, piezas de repuesto y combustible que sobrevino tras la caída del campo socialista en Europa del Este. Sin embargo, aunque cambiaron de modelo y de letra (la M cambió por la P, con el triple de rutas), el fantasma del "camello" perdura: largas filas en las paradas, molote y salvajismo en el abordaje, vehículos atiborrados, con el consiguiente provecho de carteristas y frotadores, todo ello empeorado con unos nuevos altoparlantes que amplifican la baba melódica de Marco Antonio Solís y Álvaro Torres. ¡Ay Gran Poder!¿Qué sería de mí si al final de cada jornada no pudiera olvidarme del mundo en los besos de mi Yai, ricota y enamorada?
lunes 21 de abril de 2008
sábado 9 de febrero de 2008
Añoranza por la Vuelta

Por estos días me recome la envidia, pues mientras ando en Bolivia reportando los líos entre koyas y cambas -como quieren hacer parecer aquí a las viejas broncas entre ricos y pobres-, por mi país rueda el evento periodístico y deportivo más apasionante que he vivido en mis 28 años de edad: la Vuelta ciclística a Cuba.
Para muchos la Vuelta son apenas varios minutos de receso laboral y estudiantil, cuando todos convergen en las aceras en espera de un espectáculo tan intenso como fugaz, que comienza con un creciente alboroto de sirenas de policiales. Es la motorizada, que abre paso a un huracán multicolor de ciclistas, escoltados por una caravana de vehículos con vistosas pegatinas y talleres improvisados, ambulancias, los minivans logísticos y los indispensables motoristas voluntarios.
La visión dura pocos segundos y regresa la densa monotonía pueblerina, rota por algunos que alimentan sus 15 minutos de fama asegurando que reconocieron a tal o más cual pedalista entre el confuso pelotón. Y así hasta el próximo año...
Para muchos la Vuelta son apenas varios minutos de receso laboral y estudiantil, cuando todos convergen en las aceras en espera de un espectáculo tan intenso como fugaz, que comienza con un creciente alboroto de sirenas de policiales. Es la motorizada, que abre paso a un huracán multicolor de ciclistas, escoltados por una caravana de vehículos con vistosas pegatinas y talleres improvisados, ambulancias, los minivans logísticos y los indispensables motoristas voluntarios.
La visión dura pocos segundos y regresa la densa monotonía pueblerina, rota por algunos que alimentan sus 15 minutos de fama asegurando que reconocieron a tal o más cual pedalista entre el confuso pelotón. Y así hasta el próximo año...
Un saludo tengan todoooooooosssss

Da risa que aún alguien se crea eso del periodista como actor social, abnegado y altruista misionero de la realidad... ¡Puras patrañas! Todos tenemos un ego con trastornos hormonales y tendencia a la obesidad, y un algo de "vedettes" hambrientas de celebridad, alérgicos al anonimato.
¿Quién no exhibió orgulloso y feliz su primer trabajo publicado, aunque fuera un bodrio irrelevante que solo la infinita tolerancia materna apreció en su justa medida? ¿Quién de nosotros consigue controlar la vanidad cuando alguien nos reconoce en la calle, y le susurra a su vecino: "mira, mira, ese es el periodista que blablabla?
Admitámoslo, somos periodistas porque nos aterra pasar inadvertidos por la vida, y porque creemos que a alguien puede -o peor aún- tiene que importarle un rábano lo que pensemos de esto o aquello, en una suerte de megalomanía patológica e incurable, que ha llevado incluso a gente como Gabriel García Márquez a afirmar que la nuestra es "la profesión más bella del mundo".
(..........................)
¡Qué carajo! ¡Es la más bella y bien! Quizás lo mejor que me ha pasado en la vida -además de Yai- es haberme enrolado en este oficio forjado por tertulias, borracheras, horas nalgas, sesiones de endurecimiento facial, ojos atentos y oídos oportunos, tachones y bochornos, toneladas de café y unas inmensas ganas de ver y vivir, más allá de lo posiblemente publicable.
Por eso esta madrugada de febrero, en la altísima y fría La Paz, solitario en cuerpo y con Cuba en el alma, rompí mi promesa de jamás hacer un blog y decidí psicoanalizarme en este e-diván, sin más pretensiones que escribir lo que me venga en ganas y como me venga en ganas.
Unos consejillos... Si busca una prosa ingeniosa y profunda, hágase el favor de largarse a una biblioteca o cómprese un buen libro: no sea vago, lea literatura de verdad. Si, conocida mi cubanía confesa y militante, espera encontrar aquí diatribas oficialistas o disidentes, debo advertirle que lo enviaré a un lugar menos honorable...
Al final yo no soy más que un simple mortal, que se orina de la risa cuando su hermosa musa le dice, con ojos enamorados y sonando increíblemente sincera, que soy su geniecillo del periodismo.
Cuídense y, como diría un colega del color inquieto, "nunca dejen que el dolor los mate"...
¿Quién no exhibió orgulloso y feliz su primer trabajo publicado, aunque fuera un bodrio irrelevante que solo la infinita tolerancia materna apreció en su justa medida? ¿Quién de nosotros consigue controlar la vanidad cuando alguien nos reconoce en la calle, y le susurra a su vecino: "mira, mira, ese es el periodista que blablabla?
Admitámoslo, somos periodistas porque nos aterra pasar inadvertidos por la vida, y porque creemos que a alguien puede -o peor aún- tiene que importarle un rábano lo que pensemos de esto o aquello, en una suerte de megalomanía patológica e incurable, que ha llevado incluso a gente como Gabriel García Márquez a afirmar que la nuestra es "la profesión más bella del mundo".
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¡Qué carajo! ¡Es la más bella y bien! Quizás lo mejor que me ha pasado en la vida -además de Yai- es haberme enrolado en este oficio forjado por tertulias, borracheras, horas nalgas, sesiones de endurecimiento facial, ojos atentos y oídos oportunos, tachones y bochornos, toneladas de café y unas inmensas ganas de ver y vivir, más allá de lo posiblemente publicable.
Por eso esta madrugada de febrero, en la altísima y fría La Paz, solitario en cuerpo y con Cuba en el alma, rompí mi promesa de jamás hacer un blog y decidí psicoanalizarme en este e-diván, sin más pretensiones que escribir lo que me venga en ganas y como me venga en ganas.
Unos consejillos... Si busca una prosa ingeniosa y profunda, hágase el favor de largarse a una biblioteca o cómprese un buen libro: no sea vago, lea literatura de verdad. Si, conocida mi cubanía confesa y militante, espera encontrar aquí diatribas oficialistas o disidentes, debo advertirle que lo enviaré a un lugar menos honorable...
Al final yo no soy más que un simple mortal, que se orina de la risa cuando su hermosa musa le dice, con ojos enamorados y sonando increíblemente sincera, que soy su geniecillo del periodismo.
Cuídense y, como diría un colega del color inquieto, "nunca dejen que el dolor los mate"...
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